Viñedos

Sierras de Bellavista

El relieve chileno comenzó a esculpirse 180 millones de años atrás por sendos y prolongados movimientos de las placas tectónicas, que hoy percibimos como pequeños terremotos. 60 millones de años más tarde esta presión horizontal, sumada a la actividad volcánica de la región, formaron plegamientos del terreno que desataron el levantamiento del suelo marino y los orígenes de la Cordillera de los Andes a fines del periodo Mesozoico.

Desde aquella cresta elevada, “anti” en una de las lenguas indígenas que la han poblado, se hubiese podido atestiguar cómo los mismos movimientos del suelo terrestre, los sedimentos y el retroceso del mar fueron conformando a través del tiempo la depresión intermedia que hoy conforma los fértiles valles chilenos. Uno de ellos es el Valle de Colchagua, ubicado en la sexta región del Libertador Bernardo O´Higgins, el que debido a sus temperaturas y suelos, sirven hoy en día a grandes producciones vitivinícolas nacionales.

En esa misma latitud, pero regresando hacia la cordillera, sobre las formaciones rocosas más antiguas del continente, avanzando por caminos de tierra que desorientan al desconocido y bajo la copa de densos árboles, llegamos a una apertura claramente influenciada por el hombre. A la par de un bosque de pinos plantados, circundado por grandiosos robles y quillayes, acompañado por la existencia de diversas aves entre las que reinan los míticos cóndores y pájaros carpinteros de cabeza roja y la fauna silvestre de conejos, zorros, pumas e incluso llamas, hay un pueblo de montaña de poco más de 150 casas fundado en los años cincuenta, Sierras de Bellavista. Desde sus comienzos, fue habitado por veraneantes que recorren la cordillera cabalgando y pescando truchas en el Río Claro y por sierrinos que han trabajado la tierra y el ganado a más de mil metros de altura, enfrentando las adversidades del clima cordillerano pero a la vez gozando íntimamente de la pureza y la hermosura de un paisaje único en nuestro país.

Allí, un tipo de plantación alineado en curva da la sensación de responder a la topografía del lugar, pero en una segunda mirada se comporta realmente como un anfiteatro ante la Cordillera que, lejana, es un telón de fondo. Las gradas de éste, conformadas por las distintas líneas de los viñedos, recorren lado a lado cada zona de la viña regalando la diversidad de colores de sus frutos además de elevarse sobre ellas un cordón de montañas que las resguardan. En contra de toda lógica, un viñedo en mucha altura brinda situaciones que lo hacen ser único frente a lo común en valles planos. Además de atestiguar las recurrentes veranadas en las que arrieros bajan de los cerros el ganado que dejaron pastar libre durante la temporada de calor, el lugar deja en evidencia cómo los distintos comportamientos del agua en pendiente ofrecen garantías al cultivo por parte de la Tierra, pero también es una dificultad al caer ésta en ocasiones solidificada del cielo. Un nuevo problema, un nuevo estímulo para un producto de elaboración compleja y exclusiva. Cordillera, cerros, río, vegetación y viña, escuchados a lo largo del país y utilizados de forma parecida, se ven contradichos frente a este lugar que se aleja de toda situación habitual y hace dejar los prejuicios, volver a pensar lo que es una viña y volver a saborear lo que es un vino producido en delante de nuestra fastuosa Cordillera

Terroir

El viñedo se encuentra en la parte más alta del Valle de Colchagua. Allí, la Cordillera de Los Andes ofrece un clima de montaña, es decir, muchísimo más fresco que el del valle central e incluso más aun que los valles costeros de Chile como Casablanca y Leyda. Para hacer una comparación, los días grado (suma anual de temperatura efectiva por sobre los 10° Celsius) en las Sierras de Bellavista es de 950, esto es similar a zonas como el Rhin, Mosela en Alemania y sectores de Alsacia y Chablis en Francia. El invierno es crudo y hay precipitaciones en forma de nieve. El verano si bien no es tórrido, tiene una alta radiación solar; por esta razón el viñedo fue plantado de espaldas al poniente y con hileras en orientación este-oeste. Así el sol pasa por sobre las plantas sin afectar en forma directa los racimos de uva.

Si bien las heladas significan una preocupación, por la característica ventilación de la cordillera, éstas son menos recurrentes que en el valle central. En nuestro caso, por estar en el cajón del Río Claro, es esta misma ventilación la que en los meses de verano permite mantener una agricultura orgánica ya que no es necesario aplicar más fungicidas que el azufre. Tomando en cuenta esta especial condición climática, junto con nuestra predilección por variedades que son verdaderas radiografías del terroir, elegimos el Riesling, Pinot Noir y Chardonnay como nuestros primeros viñedos. La planta de Riesling tiene su origen en una selección masal de los viñedos de Cousiño Macul, ésta fue traída por Isidora Goyenechea en el siglo XIX desde Alsacia. El caso del Chardonnay y Pinot Noir, son clones franceses selccionados.

Para un viñedo es importante lo que lo rodea. En torno de la Viña Sierras de Bellavista hay un paisaje de ensueño: la fauna es rica y diversa y desde los cerros bajan los aromas de cipreses, robles, quillayes, canelos y otras hierbas que los cubren. En mayor medida hay pinos, los que hoy están en un programa de reemplazo por bosque nativo. El trabajo es realizado por personas que siempre han vivido en la montaña: arrieros que poco a poco han aprendido y a la vez han hecho suyo el manejo del viñedo. No hay utilización de maquinaria y el poco riego que utilizamos en la primeras etapas de la planta proviene de una vertiente (manantial) de agua cristalina. Esta poca necesidad de riego, buscada para que la planta profundice su enraizamiento, se debe a dos importantes factores: la alta pluviometría, cercana a los 800 mm., y la existencia de suelos con una buena retención de humedad. La planta, al profundizar su raíz, alcanzará todo el carácter de nuestro suelo y envolverá las rocas y cenizas volcánicas y así luego podrá reflejar toda esa minerlidad en los vinos.

Es importante destacar que solo el 1% de los suelos del planeta son volcánicos, sin embargo en Chile forman parte del 60% de sus suelos. La viticultura chilena en gran parte se ha desarrollado en los valles aluviales de la zona central dejando un poco de lado las excepcionales características de estos particulares suelos de origen volcánico. En ellos se pueden apreciar piedras coluviales de diversos tamaños, algunas milimétricas, hasta rocas por sobre la tonelada. La permeabilidad es asegurada, tal como un profundo enraizamiento. La formación de estos suelos en la zona de las Sierras de Bellavista fue originada, probablemente, por la ceniza, lava y roca del Volcán Tinguiririca, en cada una de sus múltiples erupciones a lo largo del tiempo. Como los grandes terroir del mundo, Sierras de Bellavista tiene nieve en invierno y roca en contacto con la raíz, pero su particularidad es que esta roca es de origen volcánico.

Ubicación